El alacrán de almendra
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Laureano deposita una bolsa de higos y otra de membrillos sobre el piso de barro de la cocina. Se limpia el sudor con un trapo y se recarga contra las paredes de cantera húmeda, como para refrescarse. Tras el cristal, el cielo se torna gris y comienza a destilar algunas gotas, grandes y pesadas como brevas. “Dice la patrona que limpies el zaguán. Luego te vas a cortar la maleza de la huerta y después te vienes a ayudarme con la cajeta de membrillo. Pero antes necesito que me bajes el cazo de cobre del tapanco”, le informa la cocinera en un tono liso, como si le faltara algún condimento a su voz. Laureano asiente y comienza a caminar despacio, penosamente, tropezando con sus setenta años y las separaciones entre los adoquines rojos. Frente a la escalera de madera apolillada que lo conducirá al pequeño ático, el viejo suspira como si estuviese listo para algo trascendental. Unos cuantos peldaños arriba, cuando es imposible distinguir los crujidos de la madera de los de sus articulaciones, Laureano tiene una extraña sensación en la mano y descubre sobre el dorso un alacrán esbelto, con el lomo rojizo. “Es uno de los güeros”, murmura para sí mismo, temblando.

Vino a Durango con sólo cinco años, cuando su padre buscaba fortuna en el negocio de la minería. Una vez, en su cumpleaños, recibió como regalo un alacrán hecho con pasta de almendra y azúcar, y su madre le había advertido que uno de verdad podría matarlo en un instante. Durante todos esos años durangueños y hasta este preciso día, Laureano había capoteado con suerte a los mortíferos arácnidos; pero existen citas impostergables. El animal comienza a desplazarse con seguridad por el brazo del anciano. Laureano vuelve a sentirse en el distante pasado y llora puerilmente en el momento en que el aguijón penetra en su carne.

Ese año la cajeta de membrillo tuvo un saborcillo amargo. De la ventana que da a la calle cuelga un letrero que solicita mozo de tiempo completo, con referencias.





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