El lenguaje nunca es inocente
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La función de la Literatura –como bien señala Roland Barthes- no es sólo comunicar
o expresar, sino imponer un más allá del lenguaje que es a la vez la Historia y
la posición que se toma frente a ella1. Escribir literatura es fraguar y ostentar
un eje, un hemisferio, un punto de partida.
Esta función que sitúa al emisor de
un mensaje en una postura específica con relación a la realidad que habita, no es
privativa de la Literatura, los otros medios de comunicación, los masivos, como
la televisión, el radio, el cine, los periódicos, revistas e internet, fijan sus
propias perspectivas, delinean sus propios enfoques, evidencian su ubicación dentro
de la geografía del entendimiento del presente.
Pero de qué forma interactúan entre
sí sus respectivas funciones o cuál es la influencia, la “intromisión” de los medios
masivos en el discurso de un medio más bien individualista -o “caliente” en términos
de McLuhan- como lo es la Literatura –comprendida como vía de comunicación, expresión
y posicionamiento histórico y existencial-, eso es, en todo caso, lo que amerita
ser materia de reflexión y escritura.
Los medios masivos actuales, y me enfocaré
directamente a la televisión y al internet, han establecido un nivel de conexión
e información instantánea que potencializa la noción de Aldea global, acuñada el
siglo pasado por Marshall McLuhan: lo que ocurre en este momento en cualquier parte
de mundo, está sucediendo también en la sala de nuestras casas, en el monitor de
nuestras oficinas, en la pequeña pantalla de un mini televisor portátil o una palm;
no hay que esperar demasiado para enterarse de las cosas, toda noticia es desplazada
en segundos por otra más fresca, más novedosa, más “real” que la anterior que queda
relegada a la obsolescencia, al pasado nada atractivo frente a una demandante necesidad
de inmersión en el presente.
En su libro Homo videns, Giovanni Sartori afirma que
la televisión se caracteriza por una cosa: entretiene, relaja, divierte2; sostiene
que lejos de contribuir a la formación de un homo sapiens, racional y ético, fomenta
el desarrollo del homo ludens (una persona de opinión debilitada y de gran pereza
mental), del homo insipiens (una persona cuya confusión mental lo convierte en necio
e ignorante) y del homo comunicans
(un ser inmerso en el incesante flujo mediático
que sólo es capaz de comunicar su propio vacío de significados, creado a su vez
por el excesivo bombardeo de mensajes irreflexivos e intrascendentes); las cadenas
televisivas han producido ciudadanos que no saben nada y que sólo se interesan por
trivialidades3, concluye.
La fatídica visión de Sartori parte de la tesis de que
la televisión empobrece radicalmente el aparato cognoscitivo: entre más televisión
vemos nuestra capacidad de formular y discernir abstracciones y construcciones simbólicas
disminuye; un niño formado en la cultura del tele-ver es un niño que no leerá libro
alguno, primero porque no se sentirá motivado a hacerlo, y segundo, por lo más desolador
de su hipótesis: porque no será capaz de entenderlo.
Para Sartori la televisión
contribuye a la conformación de una video-democracia donde la episteme es sustituida
por una doxa
basada en sondeos, desinformación y pseudo acontecimientos (hechos
fabricados que se pretende aparezcan como reales, hechos que acontecen porque hay
una cámara que lo está rodando, y que, de otro modo, no tendrían lugar4 ); la televisión
alimenta la idea de que todo debe ser mostrado, y con ello genera el deseo o la
exigencia de mostrarse, crea la convicción de que cualquiera que tenga algo que
decir, o algo por lo que quejarse, tiene derecho a ser escuchado5.
La crítica, en
gran medida radical y generalizante de Giovanni Sartori hacia la televisión, se
extiende también para internet, quizá la suaviza un poco, porque admite que navegar
por internet implica un rango de lectura, pero en todo caso termina aseverando que
ese tejido impalpable elaborado con nada,
como lo llama, citando al astrónomo Clifford
Stoll, tiene efectos igualmente devastadores en la capacidad humana de abstracción.
Ahora bien, si para Sartori lo esencial de comunicar es comunicar “algo”: un contenido,
un mensaje trascendente, un ethos, para McLuhan lo verdaderamente importante es
revelar que el medio es el mensaje, es decir, que la innovación tecnológica del
medio de comunicación, se ha entreverado y relacionado tan intrínsecamente con nosotros,
que lo hemos convertido en una suerte de extensión o prótesis de nuestra manera
de percibir, entender y juzgar; en otras palabras, que hemos interiorizado la tecnología
de los medios de comunicación convirtiéndola en un componente inconsciente de nuestros
procesos mentales; ambos, Sartori y McLuhan coinciden en el grado de imbricación
entre el hombre y el medio, sólo que mientras uno lo condena apocalípticamente,
el otro lo celebra con acertijos y axiomas propios de una lógica futurista y postmoderna.
El propio Marshall McLuhan o el "Doctor Spock de la cultura pop", como también fue
llamado, describe la evolución de su fobia a su filia tecnológica:
“Durante muchos años, hasta que no escribí mi primer libro La novia mecánica,
había
adoptado un acercamiento extremadamente moralista a cualquier tecnología ambiental.
Aborrecía las maquinarias. Detestaba la cuidad, consideraba la revolución industrial
como el pecado original y los mass media como la caída original. Dicho brevemente,
rechazaba casi todos los elementos en nombre de un utopismo rousseauniano. Pero
gradualmente me di cuenta cuan estéril e inútil era la actitud mía y comencé a comprender
que los más grandes artistas del siglo XX —Pound, Eliot, Joyce— habían descubierto
un acercamiento completamente diferente, basado en la identidad de los procesos
de cognición y de creación. Me di cuenta de que la creación artística es el play-back
de la experiencia ordinaria —de las escorias a los tesoros—. Dejé de ser un moralista
y me convertí en un estudioso”.
La tesis de que los medios de comunicación masivos
y el hombre han devenido, con el paso del tiempo, en una sola urdimbre indisoluble
e irreversible, puede ser acogida con incredulidad, objetividad o crítica; pero
lo cierto es que todo texto de literatura está permeado, consciente e inconscientemente,
de esta mixtura tecnoantropológica. Entre el discurso mediático y el discurso literario
no existe una frontera o una fractura limítrofe precisa, la hibridez es la condición
sine cua non del Lenguaje, cito a Barthes:
Las palabras tienen una memoria segunda que se prolonga misteriosamente en medio
de las significaciones nuevas. La escritura es precisamente ese compromiso entre
una libertad y un recuerdo. Sin duda puedo hoy elegirme tal o cual escritura y con
ese gesto afirmar mi libertad, pretender un frescor o una tradición; pero no puedo
ya desarrollarla en una duración sin volverme poco a poco prisionero de las palabras
del otro e incluso de mis propias palabras. Una obstinada remanencia, que llega
de todas las escrituras precedentes (de todos los medios de comunicación coexistentes
añado aquí) y del pasado mismo de mi propia escritura, cubre la voz presente de
mis palabras. Toda huella escrita se precipita como un elemento químico, primero
transparente, inocente y neutro, en el que la simple duración hace aparecer poco
a poco un pasado en suspensión, una criptografía cada vez más densa6.
La escritura
es una realidad ambigua: por una parte nace, sin duda, de una confrontación del
escritor y de su sociedad; por otra, remite al escritor, por una suerte de transferencia
trágica, desde esa finalidad social hasta las fuentes instrumentales de su creación.
Lengua y estilo son fuerzas ciegas: la escritura es un acto de solidaridad histórica.
La escritura es una función: es la relación entre la creación y la sociedad7.
En todo caso, lo que el discurso mediático entrevera
o aporta al discurso de la creación literaria, es la posibilidad de vivir experiencias
que sólo son reales o factibles en tanto que existen como efecto, implicación o
consecuencia de un medio masivo. Alguien, por ejemplo, que vive en Tampico, puede
escribir un poema acerca de la experiencia específica de haber visto caer en tiempo
real las Torres gemelas, cosa que, sin la televisión y/o internet, sería completamente
imposible, a no ser que se hubiese encontrado en el sitio de los hechos. Así, los
que los medios masivos nos ofrecen, es vivir experiencias que sin ellos simplemente
no existirían. La televisión y el internet han expandido la noción de lo real, pero
sobre todo nuestra vivencia de lo real, y con ello indudablemente han incidido en
el ensanchamiento de la realidad literaturizable.
Bajo este panorama, las tesis
de Sartori, encuentran un contraejemplo que rompe sus generalizantes postulados,
en el caso de la generación de jóvenes que nacimos con la televisión como principal
referente de información y aproximación al mundo, y en el caso se los niños y adolescentes
que han crecido amalgamados al internet, la crónica de una estulticia anunciada,
se ve, en el caso de quien opta por la creación literaria como vía de comunicación,
expresión y posicionamiento histórico y existencial, transfigurada en la crónica
de la evolución del Lenguaje, de lenguajes que incorporan a su retórica y estilo
la inmediatez de un presente común fragmentado en realidades distantes; la ubicuidad
virtual en espacio y tiempo; la realidad amplificada, la realidad fabricada que
no se vende como ficción sino como facticidad; la hibridez como reflejo de la ausencia
de metarrelatos vigentes.
Una tecnoescritura, una escritura que se dice a sí misma
sin palabras, una escritura que calla, que oculta, que sólo sugiere lo que en todo
caso no es necesario nombrar, una escritura que miente sin mentir, una escritura
de azogues infinitos, una escritura reality, una escritura post, una escritura que
sus propias huellas se desdibujan, una escritura donde el lenguaje nunca es inocente.
1 Barthes, Roland. El grado cero de la escritura, seguido de Nuevos ensayos críticos.
Siglo veintiuno Editores, México, 2000, pp. 11.
2 Sartori, Giovanni. Homo videns.
La sociedad teledirigida. Ediciones Santillana, España, 2005, pp. 77.
3 Ibid., pág.105.
4 Ibid., pág. 101.
5 Ibid., pág. 112.
6 Barthes, Roland. Ibídem, pág. 24-25.
7 Ibíd.,pág. 24.
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